Horror en la pantalla: ¿cuándo la complejidad eclipsa el miedo?

¿Recuerdas las reglas de supervivencia en Scream de 1996? “Nunca tengas sexo, nunca bebas ni te drogues, y nunca, bajo ninguna circunstancia, digas ‘Ya vuelvo’”. Porque no volverás. Ahora, veinte años después, la fórmula parece obsoleta. Las narrativas de terror han evolucionado, volviéndose intrincadas hasta el punto de confundir al espectador.

El terror moderno: laberintos narrativos y el fin del susto simple

Series como Something Very Bad Is Going to Happen de Netflix, producida por los hermanos Duffer, creadores de Stranger Things, ejemplifican esta tendencia. La premisa: una mujer debe casarse con su alma gemela antes del atardecer o morirá. Pero la trama no se detiene ahí. La maldición se transmite a la siguiente generación si rompe el compromiso. Una red de consecuencias que, en lugar de generar suspense, resulta exasperante.

Esta complejidad no es exclusiva de Netflix. IT: Welcome to Derry (HBO Max) introdujo un giro temporal que, más que añadir profundidad, generó más interrogantes de las que respondió. El payaso Pennywise, ya de por sí aterrador, ahora parece existir simultáneamente en el pasado, presente y futuro. La explicación, según Andy Muschietti, se explorará en las siguientes temporadas. Un compromiso que, sin embargo, deja a muchos espectadores con la sensación de haber sido engañados.

From (MGM+) sigue un patrón similar, atrapando a los habitantes de un pueblo misterioso en un ciclo recurrente de eventos. La serie se asemeja a Lost, pero en lugar de misterios intrigantes, ofrece una proliferación de preguntas sin respuesta. La trama se complica tanto que el espectador se pierde en un laberinto de enigmas sin encontrar susto alguno.

La solución, según algunos, reside en la simplicidad. Películas de terror independientes como Barbarian o Weapons demostraron que un concepto ingenioso y bien ejecutado puede ser mucho más efectivo que un guion excesivamente elaborado. Nope, con sus referencias a Signs, y Hereditary, con su atmósfera de tensión constante, son ejemplos de cómo el terror puede prosperar sin necesidad de explicaciones complejas.

El problema no es la ambición narrativa, sino la ejecución. Los creadores de terror parecen priorizar la intriga artificial sobre el susto genuino. La sobrecarga de información, en lugar de generar inquietud, produce fatiga. La fórmula, que antes garantizaba el miedo, ahora amenaza con convertir el género en un ejercicio de frustración.

Netflix, HBO Max y MGM+ invierten millones en estas producciones, apostando por la complejidad como estrategia de marketing. Sin embargo, el público anhela, más que respuestas intrincadas, la sensación visceral de terror que las películas clásicas consiguieron con una narrativa mucho más directa. El terror se ha vuelto un producto de consumo, y a veces, la complejidad es simplemente un artificio para prolongar la experiencia. Y eso, al final, puede resultar más aterrador que cualquier monstruo.