Agricultura regenerativa: ¿solución climática o promesa sin pruebas?

La agricultura regenerativa, presentada como una solución clave para mitigar el cambio climático y restaurar la salud del suelo, enfrenta un desafío crucial: la falta de datos concluyentes que respalden sus beneficios.

¿Promesa o realidad? la agricultura regenerativa busca revolucionar el sector agroalimentario.

¿Promesa o realidad? la agricultura regenerativa busca revolucionar el sector agroalimentario.

Durante años, la agricultura regenerativa ha ganado terreno como una de las respuestas más prometedoras para frenar el calentamiento global. Esta práctica, que busca mejorar la salud del suelo, la biodiversidad y el ciclo del agua, se presenta como una alternativa a la degradación de las tierras agrícolas y al uso intensivo de productos químicos en la producción de fibras.

Sin embargo, dentro de los círculos de sostenibilidad, la agricultura regenerativa genera controversia. La principal razón: la escasez de datos robustos que demuestren si realmente cumple con las promesas que hace. A pesar de su creciente popularidad, solo representa un pequeño porcentaje de las fibras naturales disponibles en el mercado. Los beneficios aparentemente abundantes –resiliencia del paisaje, retorno de polinizadores, menores costos y secuestro de carbono– permanecen, en gran medida, poco documentados y objeto de debate.

“La agricultura regenerativa pertenece al departamento de filosofía, no al de agricultura”, afirma Richard Eckard, profesor de la Universidad de Melbourne. La falta de evidencia científica sólida dificulta la validación de las afirmaciones de los agricultores que adoptan estas prácticas.

Este problema se agrava por la naturaleza difusa del término 'regenerativo'. Los investigadores tienden a enfocarse en variables medibles, en lugar de evaluar sistemas agrícolas completos. Si bien la salud del suelo es un objetivo central, la complejidad del ecosistema hace que las mediciones aisladas sean limitadas. Además, la proliferación de certificaciones regenerativas, cada una con sus propios criterios, genera confusión entre productores y consumidores.

Para abordar esta carencia de datos, la científica y agricultora Jonathan Lundgren ha liderado el proyecto 1,000 Farms, un estudio a cuatro años que analiza más de 1,700 fincas en Norteamérica. El objetivo: evaluar el “marco holístico y dinámico” de la gestión regenerativa comparándolo con prácticas convencionales. El estudio, respaldado por la Fundación Rockefeller, recopiló miles de muestras de suelo, agua y biomasa vegetal, además de realizar censos de insectos. Esta aproximación integral es, según Lundgren, lo que hace único el proyecto.

Los resultados preliminares son alentadores: los suelos de las fincas regenerativas presentan una microbiota significativamente más rica, con un aumento notable en el número de especies de aves, insectos y plantas. En la finca Jigsaw Farms, en Australia, la implementación de prácticas regenerativas transformó el paisaje: el número de especies de aves pasó de 34 a 176. Estos cambios en la biodiversidad se traducen en una mejor regulación natural de plagas, una mayor resiliencia a eventos climáticos extremos y, en general, un ecosistema más saludable.

El secuestro de carbono, uno de los argumentos más fuertes a favor de la agricultura regenerativa, también ha sido objeto de estudio. Si bien los suelos sanos sí almacenan carbono, la tasa y la duración de este proceso son inciertas. Los estudios a menudo se limitan a medir la profundidad superficial, lo que dificulta obtener una imagen completa. Además, las fluctuaciones en los niveles de carbono dentro de la misma finca complican las evaluaciones. El precio del carbono, una nueva fuente de ingresos para los agricultores, podría verse afectado por esta falta de precisión.

Lundgren destaca que la observación directa del paisaje es tan valiosa como cualquier instrumento científico: