El máximo tribunal se queja: ¿demasiada atención, poco respeto?

John Roberts, presidente del Tribunal Supremo de Estados Unidos, ha expresado su descontento con la percepción pública sobre el trabajo de la corte, alegando que se les considera “puramente actores políticos”. Una declaración que, más allá de la autocomplacencia, revela una profunda preocupación por la erosión de la confianza en una institución que debería, en teoría, estar por encima de las pasiones partidistas.

La fachada de la imparcialidad se resquebraja

La fachada de la imparcialidad se resquebraja

Roberts, en una reciente conferencia judicial, lamentó que la gente no comprenda “la razón” por la que el Tribunal no es “simplemente parte del proceso político”. Un argumento que suena a eco de una estrategia de relaciones públicas cuidadosamente orquestada para defender una imagen de objetividad en un contexto cada vez más polarizado. Pero la realidad, como suele ocurrir, es mucho más compleja y, a menudo, incómoda.

La crítica, aunque velada, se dirige a la creciente percepción de que la corte, con su actual composición conservadora, está decididamente sesgada a favor de una agenda Política específica. Y no es difícil encontrar ejemplos que respalden esta tesis. La reciente revisión de Roe v. Wade, que puso fin a casi 50 años de protección del derecho al aborto, es solo la punta del iceberg. El nombramiento de jueces con vínculos cuestionables, como Clarence Thomas y su relación con Harlan Crow, o las sospechosas motivaciones de Samuel Alito, no hacen más que alimentar la desconfianza pública.

La banalización de la ética judicial es un problema grave. ¿Acaso no es evidente que las inclinaciones personales y las lealtades ideológicas pueden influir en la toma de decisiones? La negación de esta realidad es, como bien señala la publicación Politico, “una habilidad adquirida”. Pero el ejercicio de la disimulación no borra la percepción de parcialidad, ni restaura la credibilidad de una institución que se erige como garante de la justicia.

Más allá de las declaraciones de Roberts, lo que realmente importa es la erosión de la confianza en el sistema judicial. Una confianza que es esencial para la estabilidad y la legitimidad de cualquier democracia. La corte, en lugar de lamentarse por la atención que recibe, debería concentrarse en demostrar su independencia y su compromiso con la imparcialidad. Porque, como bien lo saben los que observan con atención, las apariencias engañan y la verdad, tarde o temprano, siempre sale a la luz. La percepción no es la realidad, pero la realidad, eventualmente, la moldeará.